Hace años aprendí la lección de la competitividad.

Cuando estudiaba en la universidad, empecé a trabajar como vendedora en unos conocidos grandes almacenes, en el departamento de discos (para mí entonces era el mejor de todos los que me podían haber tocado.)

Entré por una campaña de Navidad. Mi sueldo estaba bien, y para una estudiante como yo era, ¡más que bien! Y con las comisiones por venta, se podía incrementar bastante.

Muy emocionada, cuando empecé a trabajar me di cuenta de cómo funcionaba aquello, entendí que para poder vender más, tenía que pisar a algunos de mis compañeros, pisarlos literalmente. Casi saltar sobre ellos.

También descubrí que algunos me pisaban a mí (no todos, por supuesto). Entonces hice conmigo una promesa desde el primer día, no me pelearía nunca con nadie por vender un CD más o menos. Y lo cumplí.

Mantener un estado de coherencia interna a veces supone hacer lo que no se espera de ti o lo que en principio, parece perjudicarte.

Las ventas de las personas del departamento nos llegaban en informes periódicos y yo era con diferencia la que peores números hacía. Pero me daba igual, mi sueldo base me parecía un lujo y sentía que no tenía enemigos alrededor.

Yo, lo que quería era trabajar los fines de semana mientras estudiaba, era el contrato más goloso para el equipo que había entrado en Navidades, ya que éramos estudiantes todos o casi todos. Pero creía que a mí precisamente no me renovarían, porque no vendía excepto lo inevitable. Atendía y trabajaba pero cobraba a muchos menos clientes que el resto.

Llegó el día que me finalizaba el contrato, y nadie me había dicho nada de renovaciones ni continuidades. 

En el departamento se vendían discos, películas y un “caramelito” que había estado todo el mes y que nadie había adquirido. Un aparato de DVD con unas 40 películas, si no más. Era un pack muy caro comparado con el resto de productos.

Mi turno terminaba al medio día a eso de las 3 de la tarde, a las 2 más o menos (me acuerdo porque era la hora de comer, el centro estaba casi vacío), un señor se acercó a mí, me miró y me dijo “señorita, quiero que me venda usted este aparato de DVD con las películas.” Y después me dijo en bajito “ahora verá cómo firma un contrato fijo aquí.”

Se sabía cuándo unas de las vendedoras no era de plantilla porque no tenía uniforme e iba con camisa blanca.

Yo enseguida me negué y le dije “no no, que se lo venda uno de mis compañeros”, en el fondo me dio vergüenza o miedo, no sé. Él me dijo que de ninguna de las maneras, que se lo vendía yo y punto.

Aceptar y agradecer lo que nos llega, sin más, es necesario para permitir que el flujo del Universo avance a través de ti.

Mi jefe al verlo, llamó a uno de los compañeros más antiguos para que fuera él el vendedor, y el señor volvió a insistir en mí.

El resultado de todo esto fue acabar el mes con una gran comisión y que a las 3 de la tarde de ese día me llamaran de personal para firmar un contrato de fines de semana, que meses después se convirtió en indefinido, trabajo con el cual pasé unos años de estudiante muy bien abastecida y con miles de experiencias valiosísimas.

No supe entonces qué había ocurrido, a mí me parecía todo mágico (porque lo fue) y el tema de la “buena suerte” no me acababa de encajar. Aquí puedes investigar más sobre el concepto de la suerte.

El caso es que desde entonces no compito por nada (a no ser que estemos jugando al mus, por ejemplo).

Descubrí por la práctica que el camino de la paz, la generosidad, la confianza y la gratitud puede ser más lento pero es a la larga, mucho más beneficioso para todos.

Estamos educados y programados para hacernos zancadillas los unos a los otros, a la hora de buscar trabajo, buscar pareja, buscar piso, mantener amistades… ¿no es una locura?.

Nos decimos “tienes que espabilar o te van a comer”, “saca las uñas”, “enseña tus dientes”, “lucha por lo que quieres”…

¿Luchar? Insisto en que estamos muy confundidos. ¿Eres de los que piensan que ese camino nos está trayendo algún tipo de bienestar? Yo deseo que cada vez seamos menos los que opinemos y actuemos así.

Además, no es un tema solo moral, es un tema de leyes universales.

La competitividad lo único que habla es de carencia, de falta. Si tú tienes yo no tengo, si te doy, pierdo…

Me agoto con esto, no sé tú, pero si fuera así te diría lo que Mafalda “que paren el mundo que me bajo.”

Te invito a no competir. Detecta cuándo lo estás haciendo y relájate. Igual lo que tenga que llegarte tarda más de lo que esperabas, pero al final aparece de la mejor de las maneras, y si no lo hace, es que vendrá de otra que ni siquiera imaginas, ¿qué más da?. 

Tú solo céntrate en vivir desde el Amor, lo demás se irá dando.

Y mientras tanto, podrás dormir con tranquilidad porque todo siempre, estará bien.

“Conténtate con lo que tienes; regocíjate en cómo son las cosas. Cuando te das cuenta de que no hay nada que te hace falta, el mundo entero te pertenece.” Lao-Tsè

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