Relato ganador del concurso “Libertad” propuesto en noviembre 2017.

La vi danzar sola, ebria de felicidad, girando sobre sí misma con los brazos extendidos y la cabeza echada hacia atrás dejando que el viento húmedo de la noche jugara a enredar su melena ondulada. Y reía, reía, y no cesaba de dar vueltas. El eco de su risa parecía provenir de una caracola gigante y se mezclaba con el murmullo del mar, de luto riguroso aquella noche a excepción de un rayo de luna que cortaba como un estilete de plata la superficie.

Yo la observaba en silencio, sentado sobre la arena con mis piernas abrazadas, la misma arena sobre la que sus pies descalzos trazaban caprichosos dibujos con sus frenéticos movimientos. Un perro sin destino que correteaba por la playa se detuvo y la miró. Luego se acercó a mí de forma tímida y se sentó a mi lado. Acaricié su cabeza.

La vi danzar, sola. Apenas a la distancia de un suspiro. Medio desnuda, tan sólo cubierta por una amplia camisa blanca que refulgía bajo la luz de las estrellas temblorosas que preñaban el cielo. Se había despojado de la falda y había lanzado sus zapatos al mar. Las olas de la madrugaba que se suicidaban en la orilla jugaban a voltearlos como si fueran marionetas. Y alrededor de su pálido cuello, un delicado cordón de cuero trenzado del que colgaba una “L” dorada que rozaba el borde de la camisa. Parecía inmensamente feliz y no pude por menos que contagiarme de su alegría, por más que yo hubiera ido a aquel rincón de la playa para beberme la noche y buscar ese tipo de felicidad de pasos cortos y contados que proporciona el alcohol.

Yo estaba como hipnotizado por aquel colgante, aquella “L” que parecía desprender luz propia. Sentí unos absurdos celos del trozo de piel que rozaba el metal y me sentí, más que nunca lo había estado, prisionero de mis propias miserias.

Fue en ese rincón de la noche y de la playa donde la vi danzando sola. Hasta que, exhausta y sofocada, su risa cesó. Me miró de una forma extraña, ladeando la cabeza. Sus labios se curvaron hacia el cielo en una sonrisa repleta de dicha como nunca antes había visto. Comenzó a caminar hacia mí, con sus lívidos brazos alineados a lo largo de su cuerpo y la cabeza erguida. Por un momento pensé que se detendría, pero no fue así. Pasó junto a mí sin verme y en un arranque de imprudencia, o puede que en un desesperado intento de buscar compañía, me alcé y la sujeté por el brazo sin poder apartar mis ojos de aquella “L” hechicera enmarcada en el vértice de su camisa.

-¿Cuál es tu nombre? ¿Luisa? ¿Laura? ¿Leticia? ¿Lorena? ¿Luz? ¿Quién eres?

Se soltó con un gesto suave y mientras se alejaba dejando que la noche abrazara su cuerpo se giró un instante. De sus labios se descolgó una única palabra:

-Libertad.

Regresé a casa con una legión de arañas recorriéndome el estómago. Sobre la arena quedaron sus zapatos mojados, su falda y el perro que me miraba esperando un gesto de compasión que no tuve. Subí el volumen de la radio y enterré mis pensamientos bajo la capa de alcohol, humo y vacío que me inundaba. No quise volver la vista atrás. No tenía sentido. Nunca la alcanzaría.

Aquello ocurrió aquella noche en la que la vi danzar sola.

Autor: Carlos Garrido Rubio

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