Relato ganador del concurso “Así lo leo yo” propuesto en marzo 2017.

(Texto inspirado por el artículo “Aprendemos por repetición”.)

En la vida a unos nos tocan unas cartas y a otros otras. Unos nacen creativos, otros con excepcionales habilidades físicas, otros son unos excelentes matemáticos, pintores, etc. El caso es que lo que uno quiere ser y hacer no siempre coincide con nuestras aptitudes genéticas.

Poco a poco, según vamos creciendo les vamos dando la vuelta, para… a veces, descubrir que no era lo que nosotros deseamos o creemos necesitar. Sin embargo la vida nos da otras herramientas con el poder de cambiar las cosas. ¡Vamos a usarlas!

En mi caso siempre me gustó mucho la música, desde muy pequeño, pero a pesar de tener facultades para otras ramas del arte, me temo que Dios, o el destino, según quiera cada cual, no me llamó por la senda de los músicos. Pero desde que era un adolescente me apasionaba bailar. En todas las fiestas era de los primeros en salir a la pista y de los últimos en irme. El sistema de aprendizaje era el que la mayoría, nos movíamos con mayor o menor fortuna, unos lo hacían mejor y otros peor, pero el caso era divertirnos y estoy seguro de que yo lo conseguía.

Por diversos quiebros y vueltas que da la vida un día me puse a buscar en internet y me animé a escribir “clases de rock n’roll”. Unos segundos después, al otro lado del teléfono una chica de me día: –Si, rock n’roll enseñamos, pero también Charlestón y Lindy Hop- lo primero me sonaba, pero lo segundo tenía nombre de deporte extremo.

Unos días después allí estaba, al lado de compañeros novatos con la boca abierta: Para aprender a bailar hay que contar. Uno, dos tres y cuatro… cinco, seis, siete y ocho. Así una y otra vez, luchando contra mi extraña tendencia a olvidar unas veces el “uno” (rock step) y otras el ocho.

Desde el primer momento me encantó la música, siempre me había gustado. Además el baile era aquello que veía en las películas en blanco y negro que  se me parecía al rock n’roll, pero sabía que no lo era, sino mucho más variado y con más opciones: -Había llegado a un sitio que me gustaba-.

Viendo la evolución de mis “compis” de clase y la mía propia, estaba claro que entre mis facultades, no está la de ser un gran bailarín, pero no estaba, ni lo estoy ahora dispuesto a rendirme. Iba a bailar Lindy Hop sí o sí.

Han pasado varios años desde entonces, mucha gente lo dejó, muchos de ellos se han convertido en excelentes amigos y forman parte de mi vida.

La inmensa mayoría han dejado las clases aunque sigan bailando, algunos incluso se han convertido en profesores y hasta tienen escuelas de baile.

Yo sigo acudiendo a clase, lo tengo claro, soy un eterno principiante, mi vida es un eterno aprendizaje, a veces me como algún tiempo, pero creo que me he convertido en un bailarín aceptable. Las sonrisas y abrazos de las chicas que bailan conmigo así me hacen percibirlo y son una maravillosa recompensa. A veces incluso me sorprenden viniendo a buscarme desde el otro lado de la pista. Cuando se trata de amigas es lógico, pero cuando son desconocidas algo bien debo hacerlo.

Nunca me atreveré a participar en una competición, incluso cuando se acerca la fecha de mi cumple procuro no ir a bailar, no sea que me hagan una jam y me coloquen en el centro de la pista para que me saque todo el mundo. Sin embargo me atrevo a abrir pista sin complejos, a bailar en los clandestinos en la calle aunque haya mucho público en la calle, que no paran de sonreír al vernos.

Eso me hace pero que muy feliz.

Como enseñanza para la vida me quedo con la frase “Si tienes un sueño persíguelo”. Los “es que no se me da bien”, “es que no tengo aptitudes” y todo tipo de “es que…” no aportan nada a tu vida.

La tenacidad, el esfuerzo y la constancia te harán llegar a metas que nunca habías pensado.

Así pues seguiré contando… uno, dos, tres y cuatro, cinco, seis, siete y ocho. El mundo es infinito y no hay barreras.

Autor: Ginés Prieto

 

 

 

Fotografía del post tomada de Mad for Swing. Autor: Tatú, una imagen.