Este verano hará 5 años que una buena amiga y yo decidimos hacer unas cuantas etapas del Camino de Santiago.

De verdad me parece que más que 5 años han pasado 5 lustros, porque desde entonces mi vida ha fluido a otro ritmo diferente al que solía ir. 

Era una época en la que sentí muy fuerte que necesitaba estar en silencio conmigo para poder escucharme y entender cómo salir de una situación personal en la que me veía atrapada. Nada especial, pero había algo dentro de mí que me decía que no estaba atendiendo del todo a mi Verdad y hacía mucho que El Camino de Santiago de una manera u otra, me seducía.

Te voy a contar brevemente porqué creo que una experiencia así, debería tenerse al menos una vez en la vida. Y porqué, a mí me cambió la mía, algo tan sencillo como coger la mochila y salir a andar.

Estas son mis 7 aportaciones:

  • Recorrer a pie todos los días entre 25- 30 kilómetros hace que muchos de los mismos, vayas o no vayas con compañía, estés en silencio. Tú, tus pasos y el Camino por delante. En ese “escuchar tus pisadas”, se produce una especie de trance hipnótico unido al cansancio físico que hace que de repente, salga dentro de ti todo lo que habías estado bloqueando. No hace falta que persigas una respuesta en concreto, pero si vas en busca de ella, se va a hacer oír antes o después. En mi caso, sin saber que era eso lo que esperaba, sentí que me iba a venir a vivir a Madrid, y así hice según llegué a casa. Solté el equipaje y busqué piso. Y mi vida ahora es otra.
  • Si quieres caminar en buenas condiciones toda esa distancia, solo tienes que llevar lo que de verdad es imprescindible, es decir, casi nada. Una prenda de ropa de cambio, un mini botiquín, agua, jabón para lavar la ropa y productos básicos de higiene. Poco (o nada) más. Después de 10 días de ruta, te das cuenta de que tu felicidad aumenta a la vez que tu equipaje disminuye. Tomas conciencia de que no necesitas nada de nada, para tenerlo todo. 
  • Es inevitable hacer la metáfora del Camino y la Vida. Y es algo que va en la mente de todos los peregrinos. La jornada tiene momentos sencillos y dulces, momentos que parecen duros o imposibles, momentos de frustración, dolor y alegría… y aprendes que si quieres acabar tu etapa diaria, tienes que poner el foco únicamente en el paso que tienes en ese momento debajo de tus botas. Sabes que una pendiente muy elevada solo la superarás si mantienes tu atención en tus pies, intentando que tus pasos sean firmes y que tu cabeza te dé mensajes de ánimo. El aquí y ahora es ineludible.
  • Respetas y cuidas tu cuerpo como nunca antes habías hecho. Una vez que empiezas con el Camino de Santiago, no sé qué se apodera de ti (o sí) pero solo deseas poder terminar cada etapa y para eso, sabes que tu cuerpo es tu vehículo y por ende, ha de estar cuidado, hidratado, descansado… Yo descubrí un amor por su bienestar que nunca antes había experimentado. Mis pies y mis piernas eran (y son) oro.
  • Tus obligaciones se reducen a andar, comer, lavar ropa y descansar. Así un día tras otro, el descanso mental y emocional que se experimenta es indescriptible. Cuando llegas al albergue sabes que tus obligaciones acaban pronto y ya solo te queda contemplar, literalmente. Contemplar la vida, hablar con desconocidos que de repente son todo tu mundo. Disfrutar de la magia que se produce entre aquellos que compartís ese momento.
  • Hay un desapego incipiente en todo. Personas que te cruzas con las que compartes 8 horas intensas y que no sabes si volverás a ver más, que quizás te encuentres tres días después y la sensación sea de felicidad inmensa. Y nadie tiene obligaciones con nadie. Desapego también de todo lo material, por supuesto. Desapego de cualquier resultado.
  • Nada nos distingue a unos de otros. Por lo tanto se eliminan las barreras de comunicación (para el que las tenga), no sabes con quién estás compartiendo tu día. Es otra persona como tú, que en ese momento refleja tu mismo mundo y tus mismas inquietudes, aunque a lo mejor en “la vida real” nunca hubierais cruzado palabra. Y el nivel de intimidad que se alcanza es inmensamente mayor que en otros escenarios. El aprendizaje es brutal.

Podría darte infinitos motivos más por los que hacer el Camino de Santiago, pero es mejor que te deje algo para que tú lo descubras y saques tus propias conclusiones, o si ya lo has hecho, que añadas lo que a ti te aportó.

Recuerdo un señor el día que llegó a Santiago de Compostela, había salido desde Francia, y decía medio en shock y emocionado “¡solo con mis piernas, puedo llegar donde me apetezca solo con mis piernas!.”

En algunos países del norte de Europa, hacer el Camino de Santiago es una de las habilidades que incluyen en sus CV, porque hay mucho detrás del mero hecho de realizarlo.

Cuando estás saliendo del albergue, a veces aún de noche, vas atravesando un bosque o un campo de maíz, amanece, oyes la naturaleza cómo despierta, tú con ella y descubres más Verdad en ese instante que probablemente en toda tu vida. Reconoces la Unidad. Y no te deja indiferente.