Dicen por ahí, que lo que tienes dentro es aquello que se te refleja fuera. Era así, ¿verdad? Desde que he llegado a Roma solo percibo alegría en todo lo que veo, escucho y experimento. Esta ciudad tiene un poder magnífico, con una energía del tamaño del Coliseo. 

Cuando estuve en Copenhague visitando a un amigo, una de las personas que conocí, me dijo que su experiencia en la cuidad era de armonía, y su teoría era que Copenhague no te sorprendía de pronto con un monumento inmenso ni con con algo que desentonara demasiado con el escenario. Que era todo igual de precioso. Y es cierto, es maravilloso.

Sin embargo, en Roma no sucede así. Tú vas caminando por sus calles y de pronto ¡¡¡SUSTO!!! porque tienes delante de ti una escultura del tamaño de un rascacielos, o una basílica que por fuera parece «normalita» y cuando pasas a verla, te tienes que sujetar para no caerte. Y es todo el tiempo igual, ¡sin descanso!

Y a esto le unes la vida de sus calles, la fuerza de su gente, el volumen de sus sonidos.

¡¡La lluvia!! cuando en Roma llueve parece que se va a caer el cielo encima de ti, y luego llega su sol… que por otro lado, es igual de abrumador. 

Por lo tanto, ¡me paso la mitad del día con la boca abierta!

Y todo esto, con la banda sonora de la alegría de fondo. 

El otro día fui a un festival de cine y decidí ir andando. Caminé durante una hora y media. Así que ¡te puedes imaginar la de experiencias que tuve! Muchas. Y la que más me gustó fue cruzarme con alguien que llevaba a todo volumen la canción ¡O sole mío! y que varias personas nos pusimos a tararear y gozar a la vez. ¡¡Menudo momento!!

En otra ocasión, estaba en una confitería bastante fina comprando unos dulces para un regalo, de pronto sonó una canción de Queen en la radio y subieron el volumen a todo trapo y nos pusimos todos a bailar y cantar. Uno de los hombres que atendía vino a enseñarme sus brazos con el bello erizado. «¡¡Mira mira!!» me decía entusiasmado. ¡Yo estaba igual que él!

Como resultado, nos partíamos de risa. Y volví a sentir… «¡Alegría…! ese es el sabor de Roma».

Dicen que Roma es un caos, y más bien creo que hay mucha armonía dentro de este aparente caos si vas más allá de lo que ves. 

Y es que la alegría necesita que te salgas de los moldes, que te rías de tu sombra (nunca entendí mejor esta frase que ahora mismo al escribirla), que rompas las reglas y que te atrevas a ser ¡magnífica! ¡grande! ¡sin ningún tipo de límite!

Todavía no tengo un lugar estable por aquí. De momento ando de un sitio a otro y sé que no es casual que así sea porque estoy conociendo mucha gente genial y lugares, que solo este enorme movimiento me podría traer. 

Aún estoy asimilando Roma. Roma no es ligera de digerir, como su pasta, pero te da una energía inconmensurable para poder ponerte al nivel de lo que te ofrece. ¡¡Y además, sabe deliciosa!!

*

*

Y finalmente… ¡seguro que te interesan estos artículos relacionados!