Para poder hacer un buen uso de nuestro cerebro conviene saber cómo funciona, así adelantamos mucho y nos frustramos menos.

En la escuela más tradicional si recuerdas o te han contado, principalmente se usaba el método de la repetición para que un concepto se nos “grabara” y, aunque ha estado y está muy criticado este camino, no era tan erróneo como se pensaba.

Aprendemos por repetición, es decir, integramos por exposición.

Pero vamos a profundizar más en ello.

No es que al haber memorizado una lista de nombres hayamos realizado ningún tipo de aprendizaje, porque eso no es aprender, eso es grabarte una información en tu disco duro que servirte, no te sirve de mucho a no ser que sea la llave para aprobar algún tipo de examen o algo así, de lo cual habría que plantearse también su finalidad y su sentido, y si de verdad lo tiene.

Aprendemos por repetición si hacemos inferencias en cada una de las tomas de contacto con lo que pretendemos asimilar. 

¿Qué es una inferencia?

Es deducir algo a partir de una o varias ideas, y las inferencias son las causantes de que el cerebro se vaya modificando a través de conexiones neuronales, por lo tanto moldeando, creciendo, enriqueciendo…

Inferencias son los momentos “¡Aaah, ya lo entiendo!” y van de maravilla para hacerte con los temas más abstractos.

Bien, pues cuantos más momentos “¡Aaah, ya lo entiendo!” tengamos, más cerca nos encontramos de aquello que queremos hacer nuestro, en el sentido de comprensión e integración.

¿Y cómo coleccionar estos momentos?

Por sobreexposición, es decir, bombardeándote con conciencia de aquello de lo que quieres nutrirte.

Imagina que quieres aprender sobre física cuántica, es un concepto abstracto y complejo como el que más.

Probablemente el primer artículo que te leas será como leer en un idioma de otra galaxia, pero has cedido parte de tu consciente para que esa información empiece a entrar.

Luego te lees un libro que alguien te recomienda, y sientes haber perdido el tiempo con ello porque es como si no hubieras comprendido ni una palabra, pero esa información ha vuelto a colarse en tu cabeza.

Un día ves un documental, parece que esto es más fácil, no te enteras de mucho sin embargo ha sido menos traumático incluso te ha entretenido.

Decides asistir a una conferencia en la que varios expertos hablan del tema, y de las dos horas que dura el acto, no te enteras de mucho pero de repente pasa algo y tienes un “¡Aaaah, ya lo entiendo!”.

No sabes cómo ha sucedido pero por un instante, ese idioma de otra galaxia, se ha parecido bastante al tuyo, ¡qué grande!.

Has desbordado el vaso, eso es lo que ha ocurrido. Fácil. 

¿Cuál es tu tarea?

Desbordar tu vaso, con paciencia, constancia y certeza de que una vez que esté repleto, vas a ver sí o sí el resultado, y ¡eureka! el conocimiento ya está en todas tus células, ya es físicamente parte de ti.

¿Por qué si no una persona aprende otro idioma en tres o cuatro meses cuando se va a otro país?

Por sobreexposición, por repetición, por tener el cerebro completamente asediado.

¿Qué nos suele ocurrir? 

Que quiero aprender sobre física cuántica (por seguir con el ejemplo), pero me leo un artículo en el que no entiendo nada, y desisto, me digo “esto no es para mí, es demasiado difícil” y cierro esa carpeta.

Imagina que quieres añadir un programa nuevo a tu ordenador y no eres capaz ni de dejar que se cargue un 1%, ¿cómo pretendes que el programa se integre? ¿A que lo ves claro? Pues tu cerebro funciona muy parecido.

Puedes ampliar el tema de hoy en este artículo.

Si nos sabemos las leyes, todo es más sencillo. 

¡Que aquello que quieras que forme parte de tu vida y de tu realidad entre por todos los poros de tu piel! por arriba, por abajo, a derechas y a izquierdas y ya verás cómo irás disfrutando de esos instantes en los que te preguntarás, ¿cómo es que antes no lo entendía, si estaba tan claro?

Y lo mejor, no hay esfuerzo de ningún tipo.

“Ve la sencillez en lo complicado. Alcanza la grandeza en las cosas pequeñas.” Tao Te King