He salido fuera, al jardín, a escribir el artículo de este domingo. Estaba en silencio mientras Teo iba y venía. Me preguntaba «¿de qué hablo hoy?» y ha vuelto a aparecer Gn Mengyao a traerme la inspiración. Ayudarnos, esto es lo que me ha venido de golpe. 

Esta tarde le había pedido el favor de recogerme, si llegaban, unos cuantos ejemplares de Yo soy Chloe que están en camino, porque a lo mejor yo no iba estar cuando llamara el repartidor. Después él me ha dicho que si necesitaba alguna crema para los mosquitos (se han cebado conmigo estos días) y le he contestado que me vendría muy bien, la verdad, y sin más, me ha traído dos botes para elegir. 

Ayudarnos… me ha vuelto a venir.

Ayer cenamos un grupo de personas que estoy conociendo en estos días. Cada uno aportamos algo y la cena fue un lujo, como las anteriores que hemos disfrutado. 

La pareja con la que he compartido techo durante estas dos primeras semanas en Roma, son altruismo puro, comprometidas con el mundo y la cultura, y abiertas de corazón. Sus amistades son igual. Amistades que me presentan constantemente, gesto que me ha hecho sentir muy bienvenida en Roma . 

La semana pasada, Gn Mengyao estuvo algo pachucho, y me mantuve pendiente de él por si necesitaba algo. 

Este viernes, resulta que yo tenía que cambiar de casa porque en la que vivía, llegaba otro huésped. Dos días antes de que esto sucediera, en el portal, me crucé con el vecino de al lado que llevaba varias maletas grandes y estaba esperando un taxi. Me pidió por favor que le vigilara los bultos un momento, porque tenía que volver a entrar ya que había olvidado algo, «¿cómo no?» le respondí. Al salir me contó que se marchaba diez días a India y me preguntó qué tal estaba yo, le expliqué que venía de buscar casa, y sin dudar (y sin conocerme apenas) me dijo que me quedara en la suya, ya que estaría vacía. Y llegó su taxi. 

Después, Carlo, el dueño de la casa en la que estuve hasta ayer, me dijo que no me preocupara por nada, porque me iba a habilitar un espacio independiente para mí a partir del día que tuviera que dejar la casa de este amable y generoso vecino. 

Y mientras tanto, una familia que he conocido a través de mi amigo José Miguel, me invitó a cenar y me ofreció habitación en su maravilloso hogar siempre que la necesitara en caso de no encontrar nada. Y sé que me lo dijeron de Corazón. 

Ahora estoy esperando que llegue la nueva inquilina porque yo le daré las llaves y la explicaré lo que necesite, ya que los caseros han salido.

Lo ves, ¿verdad? Es la magia de ayudarnos los unos a los otros lo que consigue lo imposible.

Han habido cientos de cosas más, no pararía…

Si prestamos atención y estamos en este sentir, podría decirse que es una película perfecta al milímetro, donde cada “figurante» aparecemos en escena en el momento justo. Y para que todo fluya como fluye, nuestra atención ha de estar siempre en lo siguiente: «¿cómo puedo aportarte?», «¿en qué te puedo servir?», «¿cómo podemos ayudarnos?».

A veces intento animar a gente a que dé saltos que no se atreven a dar, y cuando les cuento mis ejemplos me dicen algo así como que yo estoy muy conectada o que estoy muy elevada y no sé qué «paparruchas» más… 

¡Pues no!

Lo estoy igual que tú. 

Lo que sí he conseguido es salir del engaño de las preocupaciones y solo estar pendiente de qué es lo que necesita la Vida de mí, y hacerlo. 

Y lo que necesita la Vida de nosotros suele venir en forma de personas. Nos suele pedir que juguemos el papel que nos corresponde con ellas. ¡Y ya!

¡Pero atención! Que lo juguemos con alegría, eso nos pide la vida. Que participemos de esta rueda con un corazón elevado, sin condiciones ni esperando nada a cambio, y con una conciencia plena de que al ayudar, nos estamos ayudando a nosotros mismos. Porque esta es la única Verdad.

Y es así como el mundo cambia, y lo hace rápido. Estamos solo a un instante de ello. Yo lo veo con una claridad pasmosa.