El cuatro de diciembre del 2019, por la mañana a eso de las once, por causa de un «accidente» relacionado con el agua, mi ordenador dejó de funcionar. Estaba en medio de un proyecto que acababa de iniciar, más todos los demás que ya existían. 

Entré en shock.

Lo intenté salvar pero no hubo manera. Durante varios días estuve mirando opciones para poder repararlo, si es que tenía solución. Hacerlo me costaba muchísimo. Y era eso o comprarme otro, lo cual no era una opción en ese momento. Y la reparación por diversos motivos, tardaría su tiempo también. Todo era una dificultad.

Seguía en shock. 

Sin poder escribir y compartir, sin poder crear… (o así pensaba yo en ese momento). 

Algunas de las personas que tenía a mi alrededor me ofrecieron sus ordenadores. La primera fue Marina, pero su ordenador es japonés y, a cada tanto, cambiaba a ese idioma, con lo que era imposible hacer una sola frase sin error. 

El otro ordenador que me dejaron era tan viejo que no se conectaba a internet, y el teclado tampoco estaba muy fino. 

El shock continuaba. 

¿Cómo iba a seguir con mi trabajo? ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Quién soy yo ahora?

Mi identidad se borraba. Fue muy bestia ese sentir.

Enseguida fui entendiendo. Me rendí del todo a la fluidez de la situación. Desde luego, la energía no me estaba llevando a «seguir haciendo» sino a parar. A parar y ver. Y entonces, paré. 

Paré de hacer todo, paré el blog, paré de escribir, paré las redes sociales, paré. Paré hasta el punto en el que todo me empezó a dar completamente igual.

Me dediqué a no hacer nada. Nada. Solo lo estrictamente necesario o lo que sí podía seguir haciendo por otros medios, y de pronto un nuevo espacio se abrió para mí. 

En este espacio, me las vi con mis miedos inconscientes, con todos ellos… pero poco a poco, les fui perdiendo el respeto y los dejaba marchar con relativa facilidad. 

Empecé a disfrutar de no hacer nada. A gozarlo. En ese espacio que se creó, empezaron a llegarme ideas brillantes que no buscaba, y según lo hacían, me aparecían también los medios para llevarlas a cabo. Y yo simplemente las ejecutaba. Sin esperar nada, con total y absoluto desinterés. Me llegaban cuando menos lo esperaba y las anotaba. Después seguía con mi disfrute personal. 

Las nuevas experiencias, personas, oportunidades… se han ido apareciendo solas. Han venido a mí de las maneras más sincrónicas y mágicas. 

Sentí que era el momento de un verdadero cambio en mí, (otro) y el método para lograrlo también me llegó solo, con la teoría… con todo. Lo escribí en mi cuaderno, le di forma, lo adapté. Aún no sé cómo ocurrió. 

Y decidí aplicarlo con conciencia. Como experimento. Por divertirme. Con mucho desinterés, pero al cien por cien. 

Creo que he experimentado el cambio más bestial y profundo de toda mi vida en este mes y medio.

Y cuando ya había logrado llegar allí donde debía estar, el ordenador ha vuelto a mí. 

Ahora nos estamos conociendo de nuevo. Piano piano… 

¿Todo viene para tu mayor bien? 

Sí, si así lo decides. Yo lo decidí, y ha sido el mayor regalo para despedir al 2019 y dar la bienvenida al 2020. 

Iba a escribir sobre todo lo que he aprendido o lo que he descubierto. Pero eso, de momento, lo estoy procesando y caminando, y lo dejo para mí. Es mucho.

Solo te adelanto que hoy, yo soy otra persona. Si me ves, no me conoces. Yo misma estoy asimilándome y reencontrándome.

Creo que jamás he experimentado un amor tan puro como el que me he permitido descubrir en este tiempo. Es un nivel al que no alcanzaba antes. Y este AMOR, empieza en mí. Y desde mí, se expande sin medida.

Hoy, un amigo de hace tiempo me ha dicho sin hablar apenas; «observándote, siento que te has encontrado a ti misma». Y sí. Ese puede ser el resumen de todo.

¿Sabes cómo lo sé? Porque me he amado mucho al verme. Más que nunca.

Amarnos de VERDAD, es el viaje más bello que podamos realizar.

Y este gran viaje empezó con un poco de agua en el teclado… ya ves. Nada como crear el espacio para llegar a ti.

*

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