La fuerza motriz se encuentra en el estómago. 

Llevo tiempo compartiendo por dónde puedo, que somos seres completos. Estamos evolucionando a zancadas. Y todo lo que nos ha traído hasta aquí, ha estado bien y ha sido oportuno. Pero es momento de soltar lo viejo para crecer. 

Las religiones hicieron su función, hasta que dejaron de tener sentido. Ciertos movimientos espirituales, hicieron su función, hasta que ya no se pueden sostener más. 

A quienes acompañé en «Define tu misión» les compartí la herramienta más poderosa que podamos usar para prosperar, avanzar y crear un mundo consciente. El estómago fue el protagonista.

Les decía en los 7 días de viaje, que durante todos los años que he estado estudiando a gente que se sale del molde y crea sus propios proyectos, he entendido su funcionamiento enlazándolo con el mío propio. 

El estómago como principal detonante para la acción.

Las religiones nos han intentado mutilar y castigar durante siglos lo que es natural en el ser humano. Convirtiendo una tortura la simple idea de mostrar tu autenticidad. Tu verdadera cara. 

Los movimientos espirituales más comunes nos han pretendido anular la honestidad y la verdad de corazón a través de negar la sombra sobre la luz. 

En este plano somos luz y somos sombra. La luz sin la sombra no se puede ver. Es lo uno y es lo otro. 

Es un concepto que llevo defendiendo la eternidad. Y que jamás como ahora he tenido la fuerza y el entendimiento de mostrar así, porque la evolución que siento me dice que vaya por ahí. Y voy. 

Siempre he vivido algo a lo que no sabía ponerle palabras. No entendía qué era lo que me sucedía. Y durante más tiempo del necesario, yo misma me lo intenté callar. 

Recuerdo hace décadas, en mi clase de primero de B.U.P. (Para los más jóvenes, era una opción de las se estudiaba después de la E.G.B y que os debe sonar al pleistoceno, como cuando a mí cuando me hablaban de la reválida). 

En esa época yo intentaba luchar contra todas las injusticias que veía. En los debates de clase siempre era la más guerrera. No me callaba ni una. Nunca me he callado. Para todo tenía una reflexión que compartir y una idea que rebatir. Y era muy estimulante hacerlo. En esa época, por ejemplo, en mi ciudad había mucho racismo y me enfrenté con todo hijo de vecino que hacía o decía algo al respecto. No lo soportaba ni lo entendía. No aceptaba ni por asomo un pensamiento tan involucionado y pobre.

Creía mucho (y creo) en la igualdad y en el ser humano. Y siempre he tenido la necesidad de ir más allá.

Un día cualquiera, debido al movimiento 0,7 de entonces (seguro que lo recuerdas si eres de mi quinta), se propuso una manifestación por completo pacífica y justa. Yo quería ir con todas mis ganas pero era a hora de clase. Supondría que teníamos que «escaparnos» al menos un par de horas. 

Pedimos permiso para que nos dejaran ir de manera legal pero nos lo negaron. Intentamos justificar nuestros motivos de defender algo que creíamos justo. Nos lo negaron de nuevo. 

Casi toda la clase estábamos dispuesta a ir de todas maneras. Con nuestra pasión y nuestras ganas de mejorar el mundo dijimos sí la propuesta de «salvar el mundo». Nos organizamos. Yo ni me lo pensé. El precio que debería pagar si me pillaban era una «amonestación». ¡Pff! ¡Pues vale! Lo pago. Más emocionante aún. 

Planeamos todo. Nos cogimos las mochilas. Y nos dispusimos a salir fuera sabiendo los riesgos que tenía hacerlo.

Yo me sentía libre, fuerte, y sobre todo haciendo algo de manera activa por mejorar la situación del mundo. 

En la puerta del colegio, se puso una monja (era un cole de monjas) en plan portero, diciendo que a quienes salieran a la manifestación, nos daban «el papelito». 

Yo iba de las primeras. Pasé por la puerta, cogí mi papel de amonestada con total orgullo y contento, tratando de gestionar el terror que me daba pensar en llegar a casa con algo así. 

Pero conseguí salir del colegio para unirme a la manifestación. Era justo ahí porque estábamos en pleno centro. 

Cuando miré atrás, ¡cuál fue mi sorpresa! Esta casi sola. Todo el mundo se había dado la vuelta al ver a la profe, y su «multa». Y me vi con una o dos personas yendo a lo que habíamos acordado.

Estómago. 

Durante años fui monitora y catequista de grupos de chavales de unos 10 y 11 años. Ya sabes que te he contado mil veces que tuve muy pronto una llamada espiritual y busqué (sin resultado) mis vías de expresión viables en ese momento. 

Estábamos en un campamento en Cercedilla. Julio. Yo era responsable de mi grupo de chavales.

Todos los días nos reunimos los monitores con los curas (era de curas) para organizar las actividades del campamento. Teníamos prevista una excursión a Segovia. Era el año Xacobeo y querían que fuéramos a la Catedral a que alguien (no recuerdo qué cargo tenía en sacerdote en cuestión) nos diera una bendición o algo así. 

Antes de esto, haríamos una gymkana por la ciudad. Insisto, era julio. Un calor increíble y más el que sabíamos que haría en Segovia. 

En la reunión se habló de las normas que debíamos cumplir para ir a la catedral ese día. Una de ellas era que los niños y niñas tendrían que ir con pantalones largos para poder entrar. 

Cuando escuché eso, no me lo podía creer y la leona que hay dentro de mí, levantó su cabeza del cuaderno y preguntó que a qué se debía. Me dieron las explicaciones que ya sabréis.

Yo siempre he admirado a la figura de Jesús. Por eso probé la iglesia. Jesús fue un guerrero, y no fue para nada el Jesús pasteloso que nos han vendido. Fue un revolucionario, un tío que se atrevió a decir lo que nadie decía. Y sobre todo, Jesús hablaba de un concepto de Amor que no se logró entender en su tiempo. Y ese amor no sabe, para nada, de cosas como no dejar a los niños entrar en pantalón corto en ningún sitio o a las mujeres hacerlo sin mangas. Es que es de guasa solo pensarlo.

Jesús es uno de mis modelos siempre. Como tantos otros. Tenemos que contar con personas a las que admiremos para moderlarlas. Modelar nos ayuda a crecer.

Y en esa reunión saqué todo esto y más sobre la mesa. Recuerdo perfectamente cómo todos los curas de allí no tuvieron manera de contradecirme. Y recuerdo al Padre Daniel a quien siempre tendré como un verdadero maestro avanzado en su tiempo, que me miraba y en bajo me dijo «estoy muy orgulloso de ti, pero yo tengo que seguir las normas». 

Los curas me dieron permiso para hacer lo que considerara. Tal fue la pasión y la convicción que tuve, que todos los demás monitores accedieron a llevar a sus niños con el pantalón corto propio de la estación en la que estábamos. 

Yo salí feliz de esa reunión. Me sentí valiente. Y que había hecho algo que había ayudado a abrir mentes. 

Cuando llegamos a la excursión, mis niños eran los únicos que llevaban pantalón corto. El resto de monitores no cumplieron con su palabra y no me miraba a la cara ni uno de ellos. 

Por supuesto, dejé de colaborar con la causa.

Estómago. 

De estas, he vivido demasiadas. Toda mi vida. A contracorriente he ido toda mi vida. Hasta que la energía que acumulé en mi estómago fue tal, que me permitió crear lo que he creado y tener el poder que sé que tengo para continuar con lo que, no me cabe la menor duda, es justo, evolutivo y visionario. 

Si quieres encontrar tu «para qué» en la vida, no vayas a la mente, ni vayas al corazón. Vete al estómago. Ahí encontrarás la voluntad y la fuerza para hacerlo real.

En las injusticias que te han cometido, en las veces que te han fallado y traicionado, la claridad que sientes al saber que el mundo sería mejor si hicieras caso a lo que sientes en las tripas. Tu autenticidad. 

En solo una semana de «Define tu misión», a las personas que lo han caminado, les ha cambiado la cara, les ha crecido el amor propio, la seguridad, la firmeza y la determinación. Su voz es más alta, clara y firme.

Solo una semana. Imagina vivir así y crear desde ahí. 

Tenemos la capacidad y la responsabilidad de dejar este mundo mejor que cómo lo encontramos. Y eso es algo a lo que todas las personas estamos llamadas.

Es nuestro momento. Enciende esa llama del estómago y ve por ahí. Y no dejes, ni de broma, que nadie te la apague jamás. 

Gracias por compartir

Sobre la autora

Iba a decir «escritora» pero en realidad me considero sencillamente adicta a la creatividad y a la necesidad de expresarme. Y escribiendo, sacio bien estos impulsos. Otra de mis adicciones es que todas las personas conozcan su poder interior. Y juntas mis adiciones, hacen muy buena combinación. Melómana sin remedio. Gran fan y acompañante de la meditación en grupo. Y coach de superación personal y laboral.

MI VISIÓN
Un mundo de personas despiertas y conscientes viviendo en armonía.

MI MISIÓN
Que todas las personas del planeta descubran la dicha de vivir desde su propósito y lo pongan al servicio.

Estoy en transformación constante y en estos hitos me encuentro hoy. Mañana ¿quién sabe?

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2 comentarios

  1. ¡Hola Beatriz! ¡Cuánto tiempo!
    ¿Qué tal estás? Por tus palabras, más empoderada que nunca. Es como lo que decía mi padre: «Que no te coman la tostada»». Tostada, comer y, por ende… ¡Estómago! Lo que confirma que lo mismo se puede decir de mil y una maneras si es que no me he quedado corta.

    Pero es que fíjate que Marx lo dejó caer en su momento con que «la religión es el opio del pueblo». Partiendo de de esta idea ¿Qué es lo que las clases dirigentes (o similares) temen que descubramos de nosotros/as mismos/as?

    Pues en ese sentido, y como somos y hemos nacido seres libres y con un poder inmenso por descubrir y optimizar, también he optado por seguir mi camino con la ayuda de una «brújula» muy especial y con nombre propio: Instinto, el cual hace de su morada impenetrable el ¡estómago! Acabo de llegar a la flamante conclusión tirando del hilo y atando cabos.

    Solo darte las gracias por continuar ahí, en la lucha, tu lucha por seguir intentando concienciar ya no mentes, sino almas.

    Un abrazo enorme, Beatriz.
    Nunca caminaremos solas 😉

    1. ¡Hola Anastasia! ¡Qué alegría leerte! Cuanto me alegra de verdad que hayas resonado con las palabras del artículo. Gracias por tus comentarios. Muy inteligentes y reflexivos, como siempre. Aquí sigo, como dices, cada vez con más poder. Igual que tú, intuyo. Un abrazo enorme para ti también. Nunca caminaremos solas.

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