Cuando los hilos tiraron de mí y me llevaron a la siguiente parada, pasé varios días un poco aturdida.

Aturdida por lo que dejaba atrás, por el cambio de estilo de vida en solo unos kilómetros, porque me faltaba naturaleza a pesar de estar justo detrás de mí… porque ya no oía los pájaros al despertarme. 

Después traté de ir calmando todo este movimiento y mirar dónde me encontraba sin las medidas de lo anterior. Me doy cuenta de que esto es un error en el que se cae con facilidad. 

Fui a pasear, a pasear lo más lejos y verde que pudiera. Me hablaron de una ruta, y en mi ansia por retomar la naturaleza, me perdí. 

Seguí subiendo y subiendo, pero no era capaz de salir de la carretera, no había caminos. Cuando me cansé, paré y me senté en el asfalto. 

Comencé a darme cuenta de que igual ya estaba siendo hora de retomarlo y que si era así, estaba bien, lo aceptaba. 

Bajé de nuevo y ya me sentía diferente. Algo se había quedado allá arriba. 

Al día siguiente volví a intentar encontrar la ruta de la que me hablaron, resulta que me despisté por muy poco de ella.

En esta nueva ruta hay un camino increíblemente bello que lo guía un río y está a dos minutos literal de casa. 

No me podía creer que se encontrara tan cerca y que no lo hubiera visto. Me sentí como si estuviera volviendo a reunirme con una amiga que hacía mucho que no veía y echaba de menos. Casi quería abrazarla. 

La naturaleza me tiene enamorada. Cada vez siento más su efecto sobre mí y sobre todo lo que rodea. 

Anduve la ruta que debe ser de unos tres kilómetros muy amables. Con vacas, ovejas y todo tipo de mariposas alrededor acompañándome. 

Ya por el camino me encontré con gente que me iban indicando que iba bien. El final de la ruta da a una cascada que es el agua que abastece a todo el pueblo. (Está buenísima, por cierto).

Cuando llegué, no me creía la belleza que veía. Era como estar en medio de la selva. Agradecida después de haber encontrado este sendero, me pregunté si estaba todo bien y había dado los pasos certeros. 

Y vi una roca cómoda para sentarme en silencio. Justo al sentarme cayó una hoja de uno de los cientos de árboles que hay allí pero la hoja no llegó a dar con el suelo. Algo la sostenía. Fue uno de los momentos más místicos que he vivido. 

-Estaría sujeta por unos hilos de araña- dirás. Podría ser. A mí me da igual porque «Esto» de lo que siempre te hablo usa lo que necesite para comunicarse contigo, y en esta ocasión, lo logró de nuevo.

Supe que el mensaje era así; «estás sostenida por hilos invisibles». Y me emocioné de gratitud (esto me pasa a menudo, porque la Vida es un flipe, siento repetirme tanto). 

Después de ese día, he conocido a mucha gente, gente estupenda como toda la que me cruzo donde vaya. ¡Gente guapa! Como dicen por aquí.

Y este artículo te lo escribo desde el despacho del edificio más emblemático del pueblo, tengo las llaves y me lo dejan todo el mes (o el tiempo que lo necesite, me dicen).

Ha sido gracias a otra cadena de personas maravillosas que me ayudan desinteresadamente y sin pedirlo. Por esos hilos invisibles que nos mueven.

Hay una máquina de escribir Olivetti en la mesa, y esto también ha sido un ¡mensaje recibido!

Hoy me ha llamado José Delfín, un señor de San Román al que adoro y con el que he creado un vínculo que va más allá de la comprensión. 

Me ha preguntado: «Beatriz, ¿te has encontrado ya por ahí?», y le he contestado que sí, ya me he vuelto a encontrar. Y me he visto muy bien.