Estoy en el corredor escribiendo, mirando la sierra del Caleru. Y asimilando tanto. Me encuentro en una etapa de verdadera introspección. En el lugar en el que vivo ahora hay pocos estímulos. Es un pequeño barrio de una aldea. Todo es silencio, tranquilidad, rutinas sencillas e inocencia.

Es como si estuviera «rebañando» las cosas que me quedaran por arreglar conmigo misma. Aquí no hay escapatoria de ellas. Y todo está dándose de manera perfecta e idónea para que vaya directa al tesoro. 

Cuando en Madrid sentí que dejaba todo y me movía, no sabía dónde, comencé a hacer unas meditaciones al medio día. Eran de once minutos. Y solo necesité hacer tres. Nunca había experimentado lo que en ese momento viví. 

La primera, me apareció un chico con una cara muy bonita y sonriente. Tenía unas pequeñas gafas. Estábamos en Atocha, y me acompañaba a comprar un billete de tren. Yo dudaba, pero él me decía «confía». Estaba muy feliz. Él, quiero decir, yo no entendía nada. La sensación que me transmitía era de que estaba contento por mí. Y muy orgulloso de acompañarme. 

He de decir que en ese momento yo pensaba que me iría a algún lugar de Europa, por lo que al salir de la meditación no me cuadraba nada lo del tren. Y no le di mayor importancia. Solo me enfoqué en confiar, eso sí. 

Poco después salió lo de Asturias, y vine vía Oviedo.

Decidí venir en tren. Había olvidado la meditación por completo. Cuando fui a comprar el billete, no pude hacerlo por internet y me bajé caminando a Atocha. Solo quedaba un billete para el día que iba a viajar a la hora que me iba bien, era preferente y estaba de promoción. Cuando me di cuenta de que estaba en Atocha y recordé aquella visión, me paré a llorar y flipar a partes iguales. 

La segunda meditación, yo me encontraba en una casa de pueblo y alguien abría la puerta. Aparecía un señor de mediana edad, no muy agraciado, con pelo enmarañado y frente amplia. Alto y delgado. Serio, pero de esas personas cálidas. Me dijo «solo tienes que perdonar». 

Y tampoco entendía qué hacía yo en una casa tan de pueblo.

Te prometo que casi me caigo de la silla cuando, a tres días de estar en esta casa del Caleru, recordé ese momento y me encontré dentro de la casa que había visto, entonces tan extraña. Inmenso.

Ese «rebañar» del que te hablaba al principio, son retazos por perdonar que aún me quedaban y se ha movido todo de una manera tan armónica para que lo logre, que no sé cómo explicarlo. 

La tercera y última meditación fue una Luz muy fuerte, blanca y brillante, con rayos preciosos alrededor. Me hablaba de Amor, Paz… pero lo hacía sin palabras. Me inundó. 

No sé si ese mismo día que la vi, o al día siguiente, me dirigía a mi despacho de entonces en la zona de Bilbao, en Madrid.

Iba caminando y de pronto supe que quería tener silencio. Estaba atravesando la Gran Vía y como por impulso me metí en una iglesia y me senté en un banco. Intenté cerrar los ojos un rato y permanecer en silencio.

Los templos son oasis de silencio en medio de las ciudades. 

Al abrirlos de nuevo, tenía la misma imagen de la Luz que había visto en mi meditación. Estaba enfrente de mí en el altar. Era la representación del Espíritu. Viví algo que no se puede explicar y quizás solo lo pueda creer quien lo experimenta. 

Este pueblo es pequeño, tiene muy pocos habitantes pero tiene una población infantil que no me esperaba.

Hay niños corriendo debajo del corredor, niños que pasan a mi cocina, que me saludan y me hacen «trastadas». Niños que me cuentan su día y vienen a que les lea mi novela. Niños geniales, como todos.

También he conocido a Ana, que no es una niña, pero tiene su inocencia, intacta. Inocencia, belleza y sabiduría genuinas. 

Estoy en la parada de la inocencia. Lo supe al poco de llegar.

Delante de mí tengo la sierra en la que hay un monte con una cruz en la cima. La puso un señor misionero quien pasó por aquí hace décadas. Me recuerda qué me ha movido todo este tiempo.

Cuando estaba a tres días de venir, alguien que no me conocía de nada y con el que crucé un par de palabras me dijo; «donde vas ahora le llaman La Meca».

¿Sabes?

Mi viaje de fuera, está siendo más un viaje de dentro. Y he llegado a la Meca de todos los que caminamos en esta búsqueda. He llegado a mi inocencia. Y sabe a pura maravilla. Sabe a Luz.