Hoy he venido de ver una exposición con muchas ganas de escribir. Estaba muy inspirada. Después me ha ocurrido algo maravilloso (mucho), que me ha hecho querer celebrar. He cenado rico, me he puesto una película de esas clásicas que te gustan tanto o más que la primera vez que la viste, aunque ya lleves tres mil veces. Y me disponía a acostarme, disculpándome el “no escribir”, pensado que me iba a librar… pero eso es imposible, ¡y qué bien!.

Hay algo muy fuerte dentro de ti que casi te obliga a hacerlo (lo del “casi” lo podemos omitir).

Y eso es precisamente lo que quería compartir hoy. La inspiración y sus vías. Y su enorme atractivo. 

El momento de creación es tan intenso y gratificante que te enganchas a él con facilidad. Es un espacio de “no tiempo”, de canalización completa. De hecho, lo común es que cuando quien sea crea lo que sea, diga algo así como “no sé cómo lo he hecho, pero se ha hecho”. Cuando has creado casi que te da apuro asumir cualquier mérito porque sabes que el mérito no es tuyo. 

Bach por ejemplo, atribuía todo su trabajo a Dios. Algunos de sus fans no lo entienden, dicen que es una “falsa modestia”, sin embargo yo le comprendo perfectamente. Lo cierto es que cualquier acto de creación, grande o pequeño, es un acto de conexión directa con la fuente. Ya sabemos que a esta fuente se la puede llamar como queramos, ella no está en este tipo de juicios acerca de qué nombre le asignemos. Eso son nimiedades en las que es fácil perderse. Bach la llamaba Dios.

El acto de creación es como un impulso muy fuerte dentro de ti que te dice “escribe, escribe, escribe…” o “dibuja, dibuja, dibuja…”. No puedes ni quieres pararlo. Pero a este inmenso poder hay que alimentarlo, y por eso hoy venía de ver una exposición. 

La creatividad se alimenta de creatividad. ¿No me digas que no es abrumadora la perfección de todo esto?. A mí me alucina cada día más.

La creatividad necesita creaciones para mostrarse. Es como si al ir a ver un museo, una exposición, al observar y envolverte con cualquier tipo de arte, las ánimas de quienes lo canalizaron, te llamaran a contribuir. 

Un día, hace algunos años, me fui a tomar un café al Café Gijón de Madrid. Me llevé un cuaderno y un bolígrafo. Estaba en búsqueda pero no sabía aún qué buscaba. Me quedé un rato largo en silencio y de repente, sentí que iba a escribir. No tenía ni el qué ni cuándo ni cómo pero lo supe. Sentí como si todos los tertulianos que habían pasado por allí, me reclamaran. Tan fuerte fue lo que recibí que mandé a mucha gente mensajes para contarles que iba a escribir, con lo cual alucinarían claro, porque no les dije más. Como mucho recibí un vago “adelante…”. ¡Normal! si es que no tenía ni pies ni cabeza… pero sí que lo tenía, porque se me había dicho desde dentro. Y ante eso, no hay ninguna duda. Cuando lo has sentido, lo sabes. 

Yo llamo a la inspiración siempre que quiero nutrirme. Me voy a museos, veo documentales, leo, veo películas, veo arte, compro a diseñadores, admiro la belleza, voy a la naturaleza… estoy en silencio. 

Busco la noche. La noche es el mejor momento para crear. Mi hora es justo a partir de las doce. No lo he planificado, ha salido solo. Cuando antes de experimentarlo leía vidas de artistas o diseñadores que decían que ellos trabajaban por la noche, yo ni lo entendía ni lo acababa de creer, pero sí, es en la noche cuando hay mayor fluidez, al menos para mí. 

Y entonces, cuando has invocado a las musas, piensas que puedes controlar el cuándo, el cómo y el dónde, pero eso ya no lo mandas tú, lo gobierna la Fuente, Dios, el Amor, el flow, el Universo, o como tú le quieras llamar. Y qué gozada perder el control para permitir que esta fuente inagotable pase a través de ti. Reconoces y recuerdas que eres Poder ilimitado. Y vas y lo compartes.