Relato ganador del concurso «Mi día perfecto». La mujer feliz.

Cómo cada mañana, un nuevo día amanecía en Blacktown.

Blacktown no era una ciudad muy diferente a cualquier otra ciudad del mundo; el mundo, para los ojos de la mayoría se tornaba sombrío, gris, triste…Blacktown era así, con su fábrica funcionando las 24h al día, impregnando las calles con su espesa humareda, pintando el cielo de gris, invitando a sus transeúntes a la tristeza.

El humo en la ciudad era como un hilo conductor, conectando a cada ciudadano a un mismo sentir, marcando ceños fruncidos y caras de disgusto. Si cualquier artista plasmase la imagen de la ciudad, no saldría de una gama de tonalidades de grises y negros.

Pero allí mismo, en esa misma ciudad, como una farola que alumbra un lugar directo, justo ahí en la casa 74, vivía la mujer feliz.

La mujer feliz era la única causa para que los ciudadanos levantaran la cabeza y miraran con rareza, pasmados, aquella peculiar persona que no se regía por las leyes de aquel sinsabor que vivían todos.

Todos y cada uno de ellos se preguntaban entre sí, la anomalía tan grande que sufriría la pobre mujer, sentían lástima, curiosidad y pena, pues lo normal allí, en Blacktown, era vivir en un continuo infortunio, estaba
establecido, como ley innata en cada uno de ellos, que todo ser que saliese de ese estado de infelicidad, era raro, estaba enfermo o… ¿qué otra cosa podría pasar?- Se preguntaba Doña Amargura, muy interesada y más curiosa que apenada por averiguar sobre el asunto.

Aquella mañana amanecía una ennegrecida ciudad y Doña Amargura sabía la rutina de… no sabía su nombre. –La llamaré Mari luz, la iluminada.

Doña Amargura siguió los pasos de Mari luz, su larga cabellera anaranjada contrastaba enormemente la oscuridad de aquellas calles tristes, siempre sonriendo, tarareando una melodía risueña y rítmica mientras caminaba.

Finalmente regresó a su casa después de un largo paseo. -Esta chica anda mucho hacia ninguna parte- pensó Doña Amargura.

Desde la ventana Doña Amargura observó. Mari luz se sentó sobre un bonito y mullido cojín, cerró los ojos y así pasó horas y horas, sonriendo. Doña Amargura desesperó. -¿Pero qué la hace tan feliz?
¡Tengo que saberlo!

Sin titubear, Doña Amargura buscó una ventana abierta, por la cual entrar y resolver este misterio.- ¡Debo saberlo!- se repetía así misma.

Una ventana en la cocina permanecía abierta, así que se dispuso a entrar. Simultáneamente, Mari luz abría los ojos y se dirigía a la cocina para beber un vaso de agua, con tan mala suerte que al no esperar la visita de su vecina, se asustó, dio un salto hacia atrás, pisó mal y resbaló al suelo, golpeándose la cabeza.

Doña Amargura, aterrada, se acercó a Mari luz, descubriendo a su vez que en su cabeza había un compartimento –Qué extraño- pensó. Con cuidado, abrió el cráneo-compartimento de Mari luz, allí se hallaba un rollo de película- ¿pero qué…?- exclamó. Miró a ambos lados, divisando en el salón un antiguo proyector. Cogió el rollo de película, miró unos segundos el cuerpo de Mari luz, quieto, inmóvil… sintiéndose culpable de que su curiosidad se apoderase de ella. Introdujo la película en el proyector, se sentó, rígida y en tensión y esperó a ver su contenido.

Lo primero que apareció fue la imagen de una niña, risueña, llena de vida y feliz, de cabello anaranjado,corría por las calles de la ciudad, cantando una canción que le resultaba familiar. –Esas calles…- pensó. – Esas calles las he visto, las conozco. Divisó una fábrica, le pareció hermosa, el humo no inundaba las calles, como acostumbraba a ver siempre. Unas imágenes a todo color, llenas de luz, había flores, verdes árboles, gente sonriendo…pronto se impregnó de tan maravillosa visión. En medio de tanta fascinación, comprendió.

Aquella niña que corría alegremente, era Mari Luz, esas calles coloridas eran su misma ciudad, ¿Cómo era posible que aquella ciudad fuera la misma que ella veía día tras día? Según avanzaba la película, más se llenaba de su alegría y de su luz, emocionada, entendió para sí, la gran belleza que Mari Luz veía en su misma ciudad triste y gris.

Mirar con otros ojos su ciudad le hizo aceptar que la vida se podía observar bajo el manto amoroso y bondadoso con que Mari Luz se despertaba todas las mañanas.

Si un día llegamos a descubrir lo que Doña Amargura aprendió aquel día, si ese día perfecto llega, no tendríamos un día perfecto, si no toda una vida perfecta, plena y feliz.

Autora: Rocío Jiménez (la ilustración también es suya).