Relato ganador del concurso “El cambio” propuesto en septiembre 2016.

La vídeollamada estaba en espera, desde Mósul estaba dispuesta a marcar el territorio con rotundidad, nadie iba a tomarle el pelo.

Se quitaría de en medio a aquel hombre, no sin antes sacarle toda la información que le interesaba sobre lo que pasaba allí en su ausencia y sobre las personas que frecuentaban aquel lugar. Nadie podía negarle esto a una poderosa empresaria dispuesta a ganar la batalla.

La conversación iba tomando forma vertiginosamente entre los dos, se acabaron las provocaciones, no habría lugar para ninguna estrategia más:

Tú tienes una historia emocional con esa mujer y yo no puedo permitir esto aquí, no puedo dejar todo esto en tus manos. Dime lo que te ha dicho- pronunciaba con una rotundidad amenazante que vagaba en el ambiente poco oxigenado.

¿Cómo voy a contarte lo que me ha dicho?- parecía guardar un hermoso secreto en aquellas palabras llenas de un enamoramiento ¿real?, ¿imaginado?

En cualquier caso, placentero en la ausencia de goce, apasionado en la falta de contacto.

De vuelta a su puesto en aquella oficina, sabía que estaba en la dirección adecuada, no podía dar marcha atrás, un enorme placer lo llevaba hacia una planificación que parecía salir del profundo interior de su ser. Tenía la certeza de que su esencia no lo iba a defraudar, solo tenía que escucharse a sí mismo y dejarse guiar.

En los últimos años había puesto la atención en muchos conceptos relacionados con el cerebro humano, su trabajo entre psicólogos no había sido en vano. Empatía. Empatizar.

Su inesperado plan tomaba forma inconscientemente. Así que si a nadie le importa lo que trabajé en este proyecto, ¿por qué preocuparme de lo que hacen los demás entonces?, ¿podrían llegar a sentirse como yo?, ¿es pena lo único que puedo daros? Las penas no servían para mucho –se decía para sí- y a nadie le gusta causar tal sensación.

Una clase se suspendería tras otra, así lo había decidido, cada día apuntaba en el listado los detalles, y no podía parar de sentir: frustración, culpa, dolor, miedo. Y también placer, porque había dado un nuevo sentido a la palabra empatía.

Los acorralamientos se sucedían, eran pellizcos en su piel que esperaba en cualquier momento y le hacían sentir de nuevo: frustración, culpa, dolor, miedo. Y sabía que los demás también lo sentían.

Puede que ellos también se sientan maltratados por ti –apuntaba el gerente entre los asistentes al acorralamiento-.

Plumas para una máscara y un micropoema en mitad de la mejilla. Era su instrumento de batalla. Lo había dejado allí como si de una pipa de la paz o un grito de guerra se tratara. No importaba el tiempo que tardaran en tirarlo a la basura, estaba seguro de que ella nunca lo olvidaría.

Autora: Patricia Yuste