Cuanto más consciente soy de lo que te voy a compartir hoy, más siento su Poder. Y cuanto más lo siento, más me impresiona (nunca deja de hacerlo). Somos creación pura.

Creamos a cada paso que damos, con cada movimiento, con cada emoción (por liviana que parezca), con cada palabra, con cada decisión tomada y con cada pensamiento. Creamos a cada instante. 

Pero hay dos momentos que son claves en este acto de creación y son los dos que no debemos pasar por alto. El instante de justo despertarte y el instante de justo antes de rendirte al sueño. 

Yo los veo como los escenarios de “entrada y salida” o de “despegue y aterrizaje”. 

Cuando despierto, a veces siento que entro de golpe en mi cuerpo. Por eso me gusta pensar que es una pista de aterrizaje. Y esta pista tiene que dar una bienvenida amable a su huésped. Y cuando me duermo, siento que vuelo, que me marcho. Y por supuesto, quiero que mi viaje sea memorable. 

Son los dos portales de las infinitas posibilidades. Son los espacios en los que, si los subimos a la consciencia, no encontramos límite alguno. 

Al despertar lo primero que emito es gratitud. Me pongo la alarma con bastante antelación al plan que tenga, para disfrutar del día con calma. Busco empezar con plenitud. 

Esta gratitud no la tengo que pensar, es lo primero que me sale, ¡GRACIAS!. 

Me hincho de gratitud por el día que tengo por delante. Es un flipe. Un día que voy a crear yo, que es mi plena responsabilidad y en el que pretendo estar muy presente para ser protagonista del mismo. Me siento muy dichosa por sentir la Vida que recorre mi cuerpo. Agradezco durante un rato largo y disfruto la sensación.

Después medito. No demasiado, igual siete o diez minutos. Es una meditación de silencio en la que sigo pretendiendo tener la mente calmada y además conectar con el Corazón y pedirle claridad para entenderle durante el día que se me presenta. 

Tras esto, leo un pequeño texto inspirador.

¡Y comienza la aventura!

Ya estoy “enchufada”, ahora solo es mantenerlo. Pero ya es más difícil que mi mente me la juegue con facilidad.

Es dicha, y esta emoción te da súper poderes. Todo se acelera a tu favor. Sientes y sabes que no hay techo de ningún tipo.

Las puertas se abren. Y cuando se cierran ¿qué hago? Volver a la dicha tan pronto pueda. La gratitud es vía directa. 

Las puertas las abres y las cierras tú, con tu intención.

El siguiente momento es el de la noche, el “despegue”. 

Antes de irme a dormir a lo mejor estoy cansada, o he visto una película que me ha dejado un poco removida, o alguna conversación que durante el día no he sabido procesar… todo eso da igual, porque sé que puedo (y debo) modificar esa emoción antes de irme con Morfeo. 

Así que me acuesto y repaso mi día, intento buscar cualquier resquicio de oscuridad que pueda haber y lo entrego al Universo, o al Corazón, a Dios, a la Fuente… según me apetezca llamarle en ese momento (eso da igual, ya lo sabes). 

Le digo, “mira, esto me está impidiendo estar en Paz, te lo entrego para que por favor lo deshagas y me permitas ver la Luz que hay detrás.” Así de fácil. Y la oscuridad ¡puf! desaparece.

Porque sé que yo, (mi “yo” pequeño) no puede lidiar con ello, sin embargo YO (mi YO grande) tiene plenas facultades para hacerlo, y lo hace.

Después agradezco un rato, o incluso creo con conciencia y dedico algunos instantes a visualizar o a delegar tareas que no sé cómo resolver.

Hace mucho tiempo que dejé de querer solucionar yo las cosas o tener razón. Esto es Paz.

Y después, ¡a volar! Empieza la otra aventura. 

Así son mis dos “entradas y salidas”. ¡No me digas que no son fáciles!

Solo necesitas presencia y ganas de pasarlo bien, pero bien de Verdad. Tan bien que vas a “creer” que estás soñando…

Fotografía de mi querido gran amigo José Miguel Rubio Iglesias.