Ayer fui a hacer la compra. Siempre me ha gustado ir a los mercados. Igual que charlar con la gente que me encuentro, conocer a todos los trabajadores y preguntarles cómo están. Me encanta ese vínculo que se establece. El alimento une. Y ahora, dadas las circunstancias, la experiencia es mucho más intensa.

Cuando bajo a hacer la compra, trato de estar muy presente, con la energía a tope y absoluta observación. Hasta que no lo consigo, no voy. He hecho ese trato conmigo. 

Esperando en la fila, una mujer que había detrás de mí, inició una conversación, a la que se la unió la otra mujer que tenía delante. Esta primera, era una señora más mayor, muy elegante, con una energía muy blanca y la cara sonriente que brillaba. Hablaba con muchísima positividad. No dijo una sola palabra fea. Ni un mal gesto. Nada. Comparaba esta situación con otras muy duras de su pasado y decía una y otra vez que todo estará bien. Que los más jóvenes no lo entendemos pero todo es para bien. Insistía.

La mujer de delante y yo la mirábamos anonadadas por su entusiasmo, su arrojo y su talante. La tenías que haber visto. Igual eran las diez y pico de la mañana y estaba radiante la tía. Además no hacía más que decirnos «no tengáis miedo de mí, porque ayer mismo me hicieron la pruebas y yo no estoy infectada con el virus». Y tanto que no lo estaba. 

Luego, como si nada, nos contó que en los próximos días cumpliría noventa años. Yo claro, entre el italiano que creo estar perdiendo por no hablarlo tanto y el shock al escuchar esa cifra, pregunté tres veces más para asegurarme que no me había equivocado. Y efectivamente, cumple noventa años dentro de poco. ¡Noventa! Yo la estaba echando unos sesenta largos…

Al rato, alguien la llamó por teléfono y mientras charlaba, tuve la oportunidad de dirigirme a la más joven y decirla «¿te das cuenta del secreto de todo?» «¡Wow!», fue su respuesta. 

¿Te das cuenta tú del secreto de todo? 

Estos días soñé una frase que decía «el virus que hay que limpiar es el de la cabeza». 

Desde luego, nos estamos enfrentando de lleno a nuestra sombra, y es momento de limpiar. Sin demora y sin duda. Es la hora encararnos con todo a lo que le hemos estado «haciendo la cobra». Ya no hay dónde esconderlo.

Toda la humanidad parada a la vez, viéndoselas consigo misma. Increíble. Magnífico. Ahora sí que sí, ha llegado el momento de lograrlo. De sacar los trapos sucios y crear espacio. Siempre debería haber sido nuestra prioridad, pero como somos un poco perezosos con algunas cosas, la Vida nos ha ayudado a terminar nuestras tareas pendientes. ¡Bravo! Y gracias.

Y es que lo que llega es muy grande. Inmenso. Casi abrumador. Justo antes de que todo esto se disparara, empecé a sentir un Amor que me era casi intolerable o insostenible por mucho tiempo. Igual me cogía por sorpresa, que lo veía venir. Y me dejaba fundida durante unas horas. Por eso sé que hay mucho desplegándose. No sé por qué lo sé, pero lo sé. No me cortaba de decirlo cuando era menos evidente, menos me corto ahora. Voy a por todas. Hay una belleza y un mundo nuevo que no somos capaces ni de imaginar, y aún así, nos abre las puertas. 

Reflexionamos mucho sobre los cambios que ya estamos experimentando cada uno de nosotros. Y de si serán o no permanentes cuando todo esto acabe. Para mí es evidente que sí. El silencio. Los miedos. La soledad. Mirar por el bienestar de tu vecino. La necesidad de buscar la felicidad dentro. Escuchar. Descubrir tu vida sin velos. Poner perspectiva. Oír tus pensamientos. La aceptación. No consumir. La cálida cercanía en la distancia. La autenticidad de las conversaciones. Tener tiempo. Apreciar lo sencillo y recordar cómo antes a lo mejor no lo hacías. Tu rueda de hámster parada en seco. La búsqueda de tu propia libertad interior… Y podría seguir. 

Nada será igual.

El Amor ha apartado a nuestros egos para poder hacer su trabajo. Nos ha dejado jugar por un tiempo y como ha visto que no dábamos con la tecla, se ha puesto manos a la obra. Y nos lo está dejando en bandeja. 

El ser humano es extraordinario, solo que nos hemos perdido un poco y tenemos que volver a encontrarnos.

Y mientras sucede lo inevitable, la actitud de Anna, la mujer del mercado, es todo un ejemplo que recibí como un regalo y te lo comparto, con mi deseo sincero de que la imites. Yo desde luego, firmo y la tomo como maestra.

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