La confianza en ti y en quién tú eres, no puede fallar jamás. 

En esta vida, apuesto todo o nada. No sé ir a medias. Ni me interesa. Recuerdo el día que lo decidí, o mejor dicho, que me di cuenta de que lo había decidido. Estaba en uno de los caminos del Caleru, en Asturias. Me acababan de comunicar que mi abuela había fallecido. Me encontraba sentada, mirando el paisaje que tenía frente a mí. Procesando todo. No solo eso. Todo. Y de pronto, tomé consciencia del precio que ya había pagado (y aún me quedaba). Me di cuenta del valor que ya había sumado en mi camino. Del tamaño de mi apuesta. Me abrumó. 

Me levanté con una fuerza que no sé de dónde salió, y me dije: «esto va a merecer la pena». Subí la cuesta hasta mi casa como una persona diferente. Algo había cambiado en mí, para siempre.

Desde entonces, acudo a ese momento, y a tantos otros, cada vez que dudo de cualquiera de los pasos que haya dado o vaya a dar. No es algo que sea permanente. Para mí no lo es.

La confianza en una misma puede fallar en cuanto nos relajemos o aceptemos una opinión, o juicio externo.

Yo la intento tratar con la delicadeza y escucha que merece. No darla por hecho, sino revisarla a cada tanto. Las cosas que se dan por sentadas, se suelen perder. 

Es de los pilares que no deben fallar bajo ningún concepto si pretendemos sacar el pie del circuito establecido.

En el mismo instante en el que se osa a salir fuera del esquema, las dudas, los juicios y las inseguridades vienen en tropel. 

A veces, me veo tambaleada, y «golpeada». Es lo que aparece justo detrás de la puerta del miedo, pero mi confianza se ha vuelto como un roble. Voy a ella, reviso que siga ahí, y retorno a mi centro. No dudo ni por un instante que me va a ir bien, y que todo me favorecerá. Lo ha hecho siempre. Incluso en los momentos más duros y ásperos. Al final, la vida me ha favorecido. Sé que gran parte de ese resultado, es que no permito ni por un nano segundo, que la confianza me falte. Y, cómo no, se lo debo también a mi curro duro. Esto tampoco puede fallar. 

Ya sabes que yo no creo ni un poco en la buena suerte, de hecho, si alguien me dice que «he tenido buena suerte», me suelo mosquear bastante.

Este verano, (advierto que lo que vas a leer ahora sonará controvertido, pero soy muy fan de lo controvertido), el caso es que este verano, estaba volviendo a casa de uno de mis paseos por Roma. Después de llevar unas 14 horas trabajando, iba de nuevo al ordenador, a cerrar uno de los cursos que acababa de lanzar y hacer otras cientos de cosas más.

Pensaba en todo lo que había trascendido en esa semana, con lo que no te voy a aburrir. Pero iba flotando de satisfacción y superación. Un chico que estaba sentado pidiendo, jugaba con un vídeo en su teléfono y levantó la cabeza y me dijo: «qué suerte tienes de tener unas zapatillas tan nuevas». A lo que obviamente, contesté un aturdido «¡gracias!» y me fui con ganas de haber dicho algo más, pero sin tiempo que perder en ello.

Te dije que sería duro de leer, pero mi experiencia y mi trayectoria vital, te aseguro que me acreditan a escribir lo que escribo. Pienso en ese chico varias veces, y supe que escribiría antes o después sobre él. 

Estas cosas que veo en el mundo me duelen a rabiar, por eso hago lo que hago. Si no tuviera esta rabia por cambiar las mentalidades y romper limitaciones ilusorias, no sé de dónde sacaría el power que me caracteriza. La rabia que transforma y da combustible, tampoco debe fallar.

Había otro chico, Martin de Nigeria. Él tocaba música cerca de mi anterior casa, en Campo di Fiori. De vez en cuando charlábamos. En lo que le pude ir observando y compartiendo con él, grabó discos, los sacó a la venta. Subió su música a Spotify y fabricó instrumentos en miniatura para los niños. 

«Kill poverty, stay proud!» dice Mick Jagger en una de sus canciones que se llama, ni más ni menos, Let´s work!! 

Con estas dos experiencias reflexioné una vez más, la diferencia entre quienes esperan que la buena suerte les visite, o quienes se la crean a diario, favoreciendo las oportunidades y sudando la gota gorda por ellas.

Martin es de los segundos. Martin sabía que ni su confianza en sí mismo ni su trabajo duro, debían fallar ni un día. Y no lo hacían.

Yo no sé tú, pero a mí no me entra en la cabeza vivir una vida a medio gas. Lo que entiendo es que, ya que estamos aquí, debemos dar siempre lo mejor que tenemos para expresarnos en nuestro máximo potencial.

Irnos a la cama con completa satisfacción de haberlo dado todo. Habernos superado. Es una sensación incomparable. Ahí es cuando me doy cuenta de la vida, y de cómo corre por mis venas. 

A veces, hay gente que me dice cosas tan extrañas de escuchar para mí como son: «no todo el mundo tiene sueños», o «si no se cumplen tus sueños, no pasa nada». Claro, estas suelen ser personas que o no lo han intentado, o se han rajado por el camino. 

¡Vale! Es una opción. No es la mía, en absoluto. 

Yo creo que el ser humano ha venido aquí a trascender sus límites. Y lo único que nos hace querer romper esas barreras interiores, son las ganas de ver cumplidos nuestros sueños. Mirar muy hacia adelante y hacia arriba. Hacerlo tan grande que nos asuste. Y… un paso tras otro, y tras otro. Sin más. 

A veces siento que mi confianza interior descoloca, porque es cierto que no es lo más común. Pero ¿sabes? nacimos con ella. Lo que no debería ser aceptable es no creer en quienes somos. Dudar de nuestra voz, nuestras ideas o nuestro sentir. Eso es lo que hay que reparar y sin demora.

El talento no consigue tanto como la perseverancia que te trae el poder de la confianza irrompible. Es de las pocas cosas que, cuanto más se la intenta destruir, con más fuerza regresa. 

El ser humano es espectacular ¡me dirás que no! Y si se duda, solo hay que experimentarse, para saberlo con certeza.

Somos por completo increíbles.

Gracias por compartir

Sobre la autora

Iba a decir «escritora» pero en realidad me considero sencillamente adicta a la creatividad y a la necesidad de expresarme. Y escribiendo, sacio bien estos impulsos. Otra de mis adicciones es que todas las personas conozcan su poder interior. Y juntas mis adiciones, hacen muy buena combinación. Melómana sin remedio. Gran fan y acompañante de la meditación en grupo. Y coach de superación personal y laboral.

MI VISIÓN
Un mundo de personas despiertas y conscientes viviendo en armonía.

MI MISIÓN
Que todas las personas del planeta descubran la dicha de vivir desde su propósito y lo pongan al servicio.

Estoy en transformación constante y en estos hitos me encuentro hoy. Mañana ¿quién sabe?

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