Yo sé que esta afirmación del título del artículo de hoy nos la repetimos una y otra vez: siempre estoy cuándo y dónde debo. Sobre todo nos la repetimos cuando las cosas en apariencia no salen como hubiéramos planeado, y así tratar de aceptar y entender.

Recuerdo que hace años, en una época en la que estaba pasando unas turbulencias personales de película, un amigo me dijo esto. Me dijo, tú ahora no lo sabes, pero estás cuándo y dónde debes estar. 

Una parte de mí le quería creer con todas mis ganas pero otra se resistía. Ahora, visto con perspectiva, es verdad que estaba cuándo y dónde debía en el momento exacto, de hecho, de no haber sido así, no estaría escribiendo el blog, por ejemplo. 

No sabía sobre qué escribir hoy, no lo tenía claro. Y después de dedicarle más de dos horas a la escritura de ficción, he sentido que iba a bajar a comprar algo para hacerme una cena especial. No me lo cuestiono, sigo ese sentir, desde lo más sencillo a lo que en apariencia lo es menos. 

Cuando he bajado, me he encontrado con alguien que me ha pedido por favor que nos tomáramos un café porque necesitaba hablar conmigo. Me encantan que ocurran estas cosas. Iba a la calle pensando ¿para qué habré sentido con tanta fuerza salir ahora? Y la conversación que hemos tenido sé que ha sido justa, en el momento justo. 

Y después, ¡pues ya tenía el tema! Porque todas las personas ganamos en estos intercambios. Este juego es perfecto a rabiar. 

Yo me he repetido mucho esta frase, «estoy cuándo y dónde debo estar» y la he ido integrando poco a poco. Porque para llevarla grabada del todo, es necesario estar en una entrega a la Vida absoluta, y eso, a mí por lo menos, de una vez, no me ha salido. Ha tenido que ser poquito a poquito. 

Después de tomar alguna decisión importante y de dar pasos enormes en estos días atrás, he estado casi toda la Semana Santa con ganas de no moverme mucho, creo que mi cuerpo me estaba diciendo «ahora asimila», y le he seguido, porque además las circunstancias a grandes niveles me han favorecido para que pudiera hacerlo de la mejor de las maneras. Es maravilloso. 

Y durante este tiempo me testaba y sentía la Paz de estar efectivamente viviendo el momento perfecto. Genial. 

Vivir en esta aceptación te hace no tener ningún tipo de lucha interna. Yo lo he conseguido (y lo sigo consiguiendo) respetando algunas premisas: 

  • No tengo ni idea de nada. 
  • Dejar de querer controlar es el principio de la libertad. 
  • Si solo me ocupo de mantenerme en un estado elevado y en conexión, todo lo mejor está para mí y para todas las partes implicadas. 
  • Las cosas o los acontecimientos no son buenos o malos, solo son. 

Y lo demás solo es seguir el sentir que te va diciendo por aquí o por allá.

Yo lo experimento así, es como si fuera descansando encima de unas grandes manos que me cuidan y se ocupan de mí. Puede sonarte muy místico pero usa la imagen como hago yo, ya verás que no lo es tanto.

En yoga, cuando hacemos la postura final, savásana, quien esté impartiendo en ese momento la clase te guía para que dejes todo tu cuerpo entregado a la esterilla. Que sueltes cada milímetro de tensión que guardas con recelo, que la dejes ir y te permitas descansar, y aún así cuando crees que ya no hay nada más que revisar, si investigas un poco más profundo en tu interior, sigues encontrando tensiones y resistencias.

Pero a base de practicar, y practicar y poner a atención a aquello que no sueltas, un día de pronto, lo tienes y entonces, lo que te digo, descansas y te dejas llevar. Por fin, entiendes un poco más. Y se acaba todo el esfuerzo por tu parte, y además, con disfrute.