Acabo de terminar con mi día de sesiones de acompañamiento. Me he sentado en el sofá directa a escribir, me apetecía como quien tiene mucho hambre después de tres días sin probar bocado. ¡Cuánto tiempo sin tener sofá, por cierto! Teo se ha sentado a mi lado, y parece que piensa lo mismo que yo.

Desde que he llegado a Roma, si no me paro con mayor intención aún que antes, todo se me acelera sin darme cuenta. No solo por el cambio que ha supuesto de dónde venía y dónde me encuentro, sino por todo lo que a su vez se ha revolucionado en mis queridas creaciones. 

Lo de fuera siempre es lo de dentro. 

Hoy, en uno de mis silencios, pedía continuar presente a pesar de todo el movimiento exterior. Quiero vivirlo con plenitud. Quiero saborear y agradecer cada instante y que no se me escape entre proyección y proyección, quiero ver con claridad ahora también. Ahora más. Y lo he logrado, porque siempre se logra si se pretende de Verdad. 

Aquí, en el sofá que me ha traído el camino, me permito pararme a dejar que todo el movimiento del día, pueda ir poco a poco decelerando su ritmo y yo, volviendo a la quietud. 

Hay un vecino por ahí, con el que me he cruzado pocas veces, está en una especie de patio que tenemos abajo. Él canta en alto y habla mucho. Es muy alegre. ¿Y sabes cómo te saluda? Se pone firme y con una gran sonrisa te grita «¡¡aleluya!!».

A mí me me dan ganas de aplaudirle cada vez que le escucho (alguna vez ya lo he hecho). El primer día que le oí me pareció que todo esto era increíble. Esto de vivir el sueño, digo.  

Esta tarde, cuando estaba pidiendo lo que te comentaba de volver a la quietud, ha vuelto a gritarlo y a su vez me lo he dicho yo. Me he dicho; «¡aleluya, Beatriz, lo volviste a conseguir!»

Porque es un motivo de celebración tener la lucidez de parar, cuando lo externo parece moverse. Parar, una y otra vez, tanto como se necesite, parar, para podernos recolocar y encontrar. 

Y una vez lo logras, todo vuelve a su Paz originaria. El sueño vuelve a ser obra de quien lo sueña. La vida se muestra como la perfección que es. 

Y tengo este sofá que además, me permite darle forma a este sentir.

Hoy me daba cuenta de todo lo que creces cuando tu escenario cambia. Esta mañana, al mirarme al espejo, he sabido que era otra. Otra que no tiene nada que ver con la que salió de Madrid hace apenas cuatro meses. Una que ha descubierto, a través de tantas personas y experiencias como ha acumulado, que la Vida tiene mucho que ofrecerte si te dejas. 

A veces me pregunto ¿pero qué es esto?

Me digo maravillada que cada vez entiendo menos. Miro atrás, y me sonrío con cariño hacia aquella que pensaba saber algo. 

Y la gente bonita que observa lo exterior me dice cosas como «estarás eufórica», y yo solo estoy agradecida, mucho. 

Siento que es la hora de solo gozar y descansar en este gozo. He logrado permitírmelo. Voy a empaparme bien de ello. 

Y sí, hacía mucho que no tenía un sofá. Un sofá en el que descansar. Mucho. Pero todo llega. 

¡¡Aleluya!!