El 16 de septiembre hice un año que llegué a Roma. Recuerdo que aterricé en el aeropuerto Fiumicino (en hora punta) directamente desde El Caleru, Asturias. Fue pasar de un extremo al otro, sin ningún tipo de sala intermedia para mi adaptación. Shock. Desde el momento en el que puse un pie en Roma, entré en una especie de torbellino. Como en una lavadora que centrifuga al máximo de las revoluciones. En Asturias, le di un significado muy personal a la frase «no perder el norte». Y aquí, a «todos los caminos llevan a Roma». 

Roma esconde una palabra encriptada que todo el mundo conoce, Amor. Y ha resultado ser mi destino del año. No lo he buscado yo, sino que ha venido a mí. Cuando inicias uno de estos caminos «desde dentro», la escuela que se despliega para mostrarte todos los misterios que has decidido descubrir, se acelera por momentos al máximo, ¡y no veas a que ritmo!

Como ya entendí hace tiempo, los caminos o viajes que emprendemos parece que los hacemos fuera, pero en realidad son viajes que se crean desde dentro, y lo de fuera, simplemente les sigue. 

Los caminos te hacen a ti, y no al contrario.

El caso es que este año, como para toda la humanidad, ha sido un año muy especial. Y gracias a no haber perdido el norte, he logrado sacar el máximo provecho de cada segundo que he vivido, desde ese 16 de septiembre. 

No sabía por qué había venido a Roma, cada vez que me preguntaban, yo respondía lo que objetivamente era así: «el reto de aprender bien otro idioma, vivir en una cultura diferente y enriquecerme por todo lo que me aporta, lo que me gusta la cocina italiana desde siempre… »

Todo esto, socialmente se entiende bien, pero la verdad es que no era lo que me había movido a venir. Es algo que me decía yo, como a los demás, para darme a mí misma una explicación. Aunque cuando me paraba a sentir, no entendía el motivo real, la verdad. 

Roma es belleza pura, es inspiración, es caos y es arte, se respira alegría, sin embargo, en los últimos meses, ha sido dura conmigo.

Difícil conocer gente, y cuando lo lograba, cuando por fin tenía una amiga o un grupo de personas con el que quedar, como por arte de magia, desaparecían o se mudaban a otros lugares. Elegía vivir con compañía para tener así la oportunidad de relacionarme con alguien y, otra vez como por arte de magia, se iban de la casa en la que estaba, o me tocaba irme a mí.

Durante un tiempo he insistido en entrar en la ciudad, pero no había manera. A veces parecía que lo lograba pero se desvanecía pronto.

Roma me abría su belleza y su arte, pero no encontraba las llaves de entrada a su corazón por ningún lado.

En agosto, aquí no se queda ni el apuntador. Y por circunstancias de mucha «fortuna», lo he pasado en una casa muy grande y bonita. La poca gente que conocía, se encontraba fuera de mi alcance por completo.

La ciudad parecía una película del oeste en la que pasan los remolinos de viento con arena del desierto delante de mí. El mundo a todo esto, en standby. Y yo preguntándome una y otra vez, qué diantres tenía que hacer para que la situación cambiara o se desbloqueara. Voluntad no me falta, ya sabes.

No entendía, pero nunca perdí la certeza de que era algo que tenía que ver desde dentro, lo cual llegados a cierto punto, fastidia. Pero no te queda otra, y se sabe sin duda que es así cuando todo se exagera de tal manera, que parece una película tragicómica, y te preguntas dónde han colocado la cámara.

Así estaba. Todo ha ocurrido sobre todo en el último trimestre en el que me era imposible mantener un mínimo de contacto social con nadie. Te podría poner ejemplos de risa, de verdad. Porque como siempre mantengo y mantendré, este flow tiene mucha guasa.

Así que, me rendí. Decidí no hacer nada por que la situación cambiara, solo acepté todo tal y como estaba, me remangué y empecé a indagar en serio. Y se me abrió otra dimensión.

Por un lado, un chorro enorme de creatividad empezó a empaparme de los pies a la cabeza. Escribí como hacía tiempo, creé cursos, escribí y edité un libro, diseñé nuevos caminos para el acompañamiento… No podía parar de sacar cosas bonitas adelante. Era como si se estuviera despertando algo dentro de mí que había permanecido en silencio más tiempo del previsto. 

Además, me enfoqué en el valor que yo le daba a mi propia compañía, y descubrí que podía hacerlo mejor. Afiné mi sentir de la fluidez y me abandoné hacia dónde me estaba llevando. Y me dejé ir más aún. Revisé todo el año y las personas que he ido encontrando, así como lo que he vivido y aprendido con ellas. Y para mi sorpresa, me di cuenta de que había sido testigo de un auténtico roleplaying, que me había revelado cada uno de los aspectos no resueltos de mi inconsciente. Fuerte, ¡eh!

Que cada persona había jugado un papel perfecto, aportándome como punto final claridad y amor, a unos niveles que nunca había alcanzado. Un amor que parte desde mí hacia fuera, y que tiene más poder del que ni siquiera me imaginaba. 

Cuando crees que has alcanzado alguna cota, resulta que aparece otra montaña más inmensa aún que la que acabas de subir. Increíble.

Muy potente cuando se experimenta.

Y cuando la claridad llegó y el Amor se reveló, la lavadora terminó su programa, y me mandó con mucha fuerza fuera de Roma a descansar, por 11 días exactos. Y me lanzó a un entorno tan tan amable, que me ha restaurado todo este zarandeo de los últimos meses.

En estos 11 días en los que he podido asentar todo este año, e integrar tanto movimiento, he descubierto que lo que Roma tenía para mí, era el mensaje que estaba desde el principio mostrándose en su propio nombre.

Roma/Amor. Un Amor con más base y mejor entendido que nunca. 

Y de verdad es así, de verdad todos los caminos llevan al Amor. Incluso los caminos que parecen un desierto sin sentido.

Ahora estoy de nuevo en la ciudad. Roma me ha traído de vuelta, y esta vez, el programa de la lavadora ya no centrifuga.

Roma tiene mucho que contarme, lo siento claro, pero por lo visto, ella primero quería recolocarme, y volverse a presentar como es debido. Y lo ha logrado, desde luego que sí. Brava Roma!

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