La vida es increíble. Estaba en el despacho que me han dejado en Villamayor para trabajar el tiempo que me quedara por aquí. 

Me encontraba escribiendo el artículo del pueblo, y se me estaba liando.

No sentía que saliera fluido, que es como me gusta que sean. Y de repente, ha llamado a la puerta Elena, la mujer bibliotecaria, para charlar un rato conmigo, y pedirme que nos tomáramos un descanso juntas.

Andrés el alcalde, fue quien en cuatro palabras y una llamada me solucionó el tema para poder escribir, y ella quien me cedió su «santuario» como lo llamó el día que la conocí. Y es aquí desde donde te escribo. 

He borrado todo lo que llevaba hecho y he vuelto a empezar. 

Mis artículos se crean solos y los temas no los elijo yo, se me colocan delante. 

Elena sentada enfrente de mí, me mira muy fijamente a los ojos y me dice: «¿Bea, cómo puede ser que parezca que nos conocemos de toda la Vida?»

Ha sido un instante que nos ha emocionado a las dos.

¿Cómo puede ser? no lo sé. O sí… 

El caso es que estos días de atrás estaba pensando en qué escribiría al marcharme de Villamayor, y se acercaba el momento porque esta semana me mudo a otro pueblito.

Y sé que Villamayor era una parada obligatoria en mi camino. Lo sé porque vine de la mano y me marcho de la mano. 

Aquí me he enfrentado a mí y a mi ruido interior, ha sido una etapa determinante que he conseguido trascender, y lo he logrado gracias a que me he encontrado ángeles a cada paso que he dado. Elena es uno de ellos. Uno de tantos. 

Aquí he sido más consciente aún de todas las manos y brazos que se me abren dispuestas a colaborar con mi camino. 

Al poco de llegar, tuve esta revelación en la que entendí que hay hilos que nos sostienen y guían en todo momento y lo puedo asegurar con creces. Son ángeles, como te digo. Ángeles que ni siquiera saben que lo son. Y algunos se dejan ver con mucha claridad. 

Es como si todo el mundo con el que me cruzo velara por mi bienestar, y cada persona jugara el papel exacto para ello. Y a la vez, lo juego también yo. Porque esto es, como siempre digo, perfecto a rabiar. 

Aquí me han enseñado a dejarme ayudar, me han cuidado como a una más de sus propias familias, he hecho amigos que me han incluido en sus vidas, he recibido una generosidad enorme, magnífica. 

He tenido naturaleza, fiesta, cultura, monte, folclore, visitas. ¡He llorado de emoción con el himno de Asturias!

He descubierto mi lugar de conexión de la zona, le llaman El Chorrón y he ido de una a dos veces al día. Es un paseo perfecto para inspirarme.

A todos les hacía gracia que fuera tantas veces, y si vienes por aquí y recorres su sendero rodeado de avellanos, robles y castaños, me entenderás. 

Aquí, en Villamayor, me llaman «la escritora» y eso me ha reafirmado, me ha impulsado y me ha ayudado a mantener mi foco, y mover lo que fuera necesario para no perderlo.

A estos ángeles que no saben que lo son, yo les reconozco, he aprendido a hacerlo. A algunos les veo y siento incluso aunque no hablemos. No llevan alas, los de aquí tienen otros medios de transporte, pero se les distingue por el brillo de sus miradas (y a más de una, por su arroz con leche. ¡Inconfundibles!).

¡Gracias, gracias, gracias Villamayor! En mi Corazón siempre.