Este domingo, en el Caleru, hago ochenta días exactos desde que salí de Madrid. Salí con la intención de realizar un viaje por el mundo comenzando en Asturias, y resulta que he hecho el viaje de mi vida, pero ha sido desde dentro. 

Ahora que veo el mapa de mi recorrido, entiendo a la perfección cómo y para qué se ha ido dando el camino de la manera que ha ido ocurriendo. 

Cuando llegué al Caleru, quedé impresionada sobre todo, por la sierra que tengo frente a mí y por las vistas que he disfrutado allá donde posara la mirada. 

El sonido de Asturias está concentrado por aquí. De la misma manera que todas las virtudes que he descubierto este tiempo del pueblo asturiano. Aquí las hallas todas juntas.

El Caleru es un barrio de una pequeña aldea, Moñes, donde la sencillez sube el volumen.

Mis días han estado llenos de paseos, hortalizas de vecinos, huevos caseros, y juegos con niños geniales. Niños que siempre llevaré conmigo en el corazón. Ellos no saben lo que me han regalado y enseñado. Mucho.

Pronto me di cuenta de que era el entorno perfecto para la inspiración y la concentración, y conseguí unos niveles de ambas que nunca antes había alcanzado. 

Gracias a este ambiente tan íntimo, he tenido revelaciones y tomas de conciencia que me han ayudado a dar varios saltos en mi particular viaje. 

En Caleru se han creado encuentros mágicos, conversaciones claves, experiencias que requerían trascendencia y gratitud. 

Pude dar vida a mi primera novela, novela que por otro lado me contaba que este viaje que he realizado, ya estaba hablado de antes, aunque yo aún no lo supiera (todavía estoy alucinando con este último descubrimiento). 

He reafirmado mi camino y he hecho las paces conmigo para siempre. Ha sido magnífico. 

Cuando sentí el fuerte impulso de dejar todo y lanzarme a esta aventura, no fue Asturias lo que me hizo ponerme a la acción. La idea surgió por otro lugar. Surgió por Italia. Sin embargo, como le decía a alguien esta semana, Asturias me absorbió. Y es que tenía que pasar por aquí. Lo supe nada más llegar.

Asturias me ha sanado y depurado, me ha cuidado y rehabilitado de tanto que traía conmigo sin yo ser consciente. Asturias me ha despertado y devuelto a mi esencia. Y Asturias me ha descubierto que tengo hogar allá donde vaya. Asturias se ha llevado los miedos que me quedaban, y me ha devuelto a la Luz plena. Me ha acompañado de la mano a un lugar interno de conexión y creación tan firme, que nunca lo hubiera imaginado, lugar del que ya tengo el mapa claro y con la ruta bien señalada. 

Cuando llegué al Caleru, entendí que esta iba a ser la última etapa del periodo asturiano. Y la manera tan sincrónica que ha tenido de sucederse y acelerarse  lo que tenía pendiente para que así fuera, ha sido genial. 

Hace unos diez días supe que tenía que decidir hacia dónde marchar, y el corazón me volvió a decir «Roma». Me encontraba en la ermita de la Magdalena, y «casualmente» estaba abierta, Berta la ventilaba. Pedí permiso para entrar y quedarme un rato en silencio y pregunté. Lo volví a saber no sin asombro por cómo ocurrió, y comencé a dejar que los hilos de la fluidez se movieran. 

A partir de ahí, solo me concentré en dejar Yo soy Chloe lista antes de marcharme. 

Lo demás se ha ido colocando sin esfuerzo.

Y el lunes parto rumbo a Roma. No lo sabe casi nadie porque sentí que hoy era el momento de contarlo. Y así he hecho.

Desconozco para qué voy.

Una vez me vi en Roma escribiendo. Así será. Igual que una vez, escribí que vendría al norte. Y así ha sido. 

Y como decíamos Inés y yo en mi primera etapa de Asturias; hay que sentir desde dentro el norte, para no perderlo nunca. 

Hoy, al abrir mi ventana de la habitación y ver las vacas del prado de enfrente, entre el verde y la fabulosa niebla matutina, he sentido de golpe el regalo que he recibido durante estos ochenta días. No hay palabras para tal magnitud. 

Te amo y te agradezco, Asturias. ¡Mira que eres bonita!

En mi Corazón siempre.